Este sábado 10 de octubre se cumplen 40 años del devastador terremoto que sacudió San Salvador en 1986 y dejó una profunda huella de dolor y destrucción en la historia de El Salvador.
A las 11:50 de la mañana del viernes 10 de octubre de 1986, un sismo de magnitud 5.7 en la escala de Richter estremeció la capital salvadoreña. En aproximadamente 10 segundos, el movimiento telúrico provocó graves daños estructurales y el colapso de edificios emblemáticos, entre ellos el Rubén Darío y el hotel Gran San Salvador, ubicados en el centro de la ciudad.
De acuerdo con los datos históricos, el terremoto tuvo su origen en la zona del cerro de San Jacinto y estuvo relacionado con un sistema de fallas tectónicas que se extendía por decenas de kilómetros, con conexiones hacia otras estructuras geológicas en dirección al volcán de San Salvador.
Una tragedia en medio de la guerra civil
La catástrofe ocurrió en uno de los periodos más difíciles del país, cuando El Salvador enfrentaba una guerra civil. Las cifras preliminares proporcionadas por el entonces presidente de la República, Napoleón Duarte, reportaban 890 personas fallecidas, 10,000 heridas y 150,000 damnificadas, además de pérdidas económicas estimadas en 10,000 millones de colones.
En los cuatro días posteriores al terremoto, las autoridades registraron 873 réplicas con magnitudes de entre 2 y 4 grados en la escala de Richter, lo que mantuvo la preocupación entre la población y los equipos de emergencia.
Ante la magnitud de los daños, el Gobierno declaró estado de calamidad pública y prorrogó por 30 días el estado de sitio. Por su parte, diputados de la Asamblea Legislativa donaron un día de su salario para contribuir a los esfuerzos de atención de la emergencia.
Las cifras sobre el número total de fallecidos varían según los recuentos históricos, pero algunas estimaciones sitúan el saldo de la tragedia en más de 2,000 muertos.
Cuatro décadas de memoria
A 40 años de aquel fatídico 10 de octubre, el terremoto de 1986 permanece en la memoria colectiva de los salvadoreños como una de las tragedias sísmicas más devastadoras de la historia reciente del país.
La destrucción de edificios, la pérdida de miles de vidas y el sufrimiento de las familias afectadas marcaron a toda una generación y dejaron importantes lecciones sobre la vulnerabilidad de las ciudades ante los terremotos y la necesidad de fortalecer la prevención y la seguridad de las construcciones.






