Al final, la lógica terminó imponiéndose.
Francia, España, Argentina e Inglaterra son las cuatro selecciones que llegaron hastalas semifinales. Si alguien mira únicamente ese dato, podría decir que este Mundial notuvo nada de extraordinario. Los grandes siguen siendo los grandes.
Y tendría razón… pero solo a medias.Porque si algo nos dejó esta Copa del Mundo no fue la caída de los gigantes, sino elnacimiento de quienes ya no les tienen miedo.
Hace algunos años era impensable imaginar a Paraguay eliminando a Alemania. O aMarruecos dejando en el camino a Holanda. O a Noruega sacando a Brasil del torneo.México llegó hasta enfrentarse de igual a igual con Inglaterra. Egipto hizo sufrir aArgentina. Cabo Verde demostró que ya nadie entra a una cancha solo para cumplir el calendario.
Los favoritos terminaron avanzando, sí. Pero ya no avanzan tan tranquilos.
Y esa diferencia dice mucho más de lo que parece.
Durante décadas vivimos con la idea de que siempre ganarían los mismos. Que lasgrandes potencias estaban destinadas a dominar mientras los demás simplementecompetían con dignidad.
Hoy esa distancia sigue existiendo, pero cada vez es más corta. El fútbol solo nos lo“recordó”.
Porque eso mismo está ocurriendo fuera de las canchas.
El mundo ya no funciona como hace cincuenta años. Han aparecido nuevas economías,nuevos liderazgos, nuevas voces que reclaman un lugar en la mesa donde antes solose sentaban unos pocos.
Independientemente de la opinión política que cada uno tenga, por ejemplo muchos venen Palestina la imagen de un pueblo que continúa resistiendo frente a un adversariomucho más poderoso, las redes ayudaron a darle protagonismo en el mundo.
Y no significa que las potencias hayan dejado de ser poderosas. Significa algo muchomás sencillo: el resto del mundo decidió competir.
La historia está llena de ejemplos.
Hubo un Egipto que parecía eterno. El imperio de Alejandro Magno conquistó granparte del mundo conocido. El Imperio otomano dominó durante siglos tres continentes.
En su momento parecían imposibles de desafiar.
Sin embargo, todos terminaron comprendiendo la misma lección: ningún poderpermanece intacto para siempre, no porque tienden a destruirse, sino porque otroscomienzan a crecer.
Un gran ejemplo es El Salvador. Hace apenas unos años, muy pocos habrían apostadoun solo peso por verlo destacar en el escenario internacional. Sin embargo, hoyaparece cada vez con más frecuencia en conversaciones sobre seguridad, inversión,turismo y transformación institucional. Demuestra que los países pequeños tambiénpueden cambiar su destino cuando deciden competir y dejar de verse a sí mismos comodébiles.
Quizá esa sea la verdadera enseñanza de este Mundial. No estamos viendo el fin de losgigantes, sino el final del miedo hacia ellos.Tal vez esa sea también la mejor manera de entender el momento que vive el mundo.
Los grandes siguen estando ahí. Siguen siendo fuertes. Pero ya no juegan solos.Porque el cambio no comienza cuando el poderoso deja de ser fuerte.
El cambio comienza cuando el pequeño descubre que también puede ganar.






