Durante la semana el empresario argentino Eduardo Costantini pagó casi USD 35 millones por Diego y yo, un autorretrato de Frida Kahlo, que fue subastado en Estados Unidos, estableciendo un récord para una obra de un artista latinoamericano y, a su vez, cuadruplicando el anterior máximo histórico de la propia pintora mexicana de USD 8 millones, logrado en 2016.
La obra de pequeñas dimensiones -30 centímetros de alto y 22,4 de ancho-, es un autorretrato, algo clásico en la obra de Kahlo, que ya tenía una historia de “récord”, cuando en 1990 alcanzó los USD 1,4 millones, lo que supuso entonces la primera vez que se superó en una puja el millón por una obra de un artista de la región. Entonces, ¿por qué esta pieza -que no es de las más importantes de la mexicana- pasó del millón a los 35 en 20 años?, ¿por qué Frida sigue cautivando tanto?
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Responder estas preguntas no es tan sencillo y hay varios condicionantes que llevaron a esta situación, que van desde algunos puntos históricos sobre la consideración del arte moderno en este siglo con respecto al XX, como también a un momento social determinado con el feminismo, sin dejar de lado la propia obra o vida de Kahlo, ya que en su caso se produce un fenómeno extraño en el mundo de la pintura, el de una biografía historizada como ninguna otra. Vamos por puntos.
Para empezar, el propio Costantini es un apasionado por la obra de Kahlo. Cuando fundó, hace 20 años, el MALBA, Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, donó una parte de su colección privada, y entre aquellas 223 obras se encontraba Autorretrato con chango y loro, que se convirtió en centro de atención del espacio.
“Frida es una de mis artistas favoritas, lo que me pasa con ella creo que también es algo que sucede universalmente. Crea mucha empatía, mucho amor. Primero por ser una mujer, por su fragilidad, el sufrimiento y cómo ella lo expresó a flor de piel. Además, tuvo la genialidad de hacer de ese sufrimiento algo mágico al crear semejante cuerpo de obra. Fue una innovadora al hacer una autobiografía a través de la imagen, a través de esa sucesión de autorretratos”, explicó Costantini a Infobae Cultura tras la histórica subasta de Diego y yo.
Y agregó: “La gente muere por su historia, fue una artista y no solamente su vida personal es dramática, sino que su biografía la hace a través de la pintura y eso es único. Sus autorretratos ya de por sí tienen un sello, una creatividad enorme. Además de ser una artista técnicamente excelente, el carisma que pone en la tela… no es una cosa mecánica y a su vez cuenta su historia con el dramatismo que todos conocemos. Está todo a flor de piel y entonces la gente se engancha enormemente”.
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“La manera en que plasmó las situaciones críticas de su vida, tanto el intento de tener un hijo (La cama volando), como su enfermedad y las desdichas de la relación con Diego Rivera, que a su vez era el amor de su vida. Entonces eso personalmente siempre me emocionó y, por eso, cuando en el año 95 me encontraba frente a dos obras históricas que eran El autorretrato con chango y loro de Frida, del 42, y Baile en Tehuantepec, del 28, de Diego, opté por Frida”.
Hilda Trujillo fue directora de La Casa Azul, la casa-museo donde Frida creció y pasó sus últimos días. En un diálogo con Infobae Cultura, un tiempo atrás, dijo: “La biografía y obra de Frida es el autorretrato. Y ahí hay una gran influencia del padre, que se hacía autorretratos, hay uno que se hace desnudo a finales del ‘19, ya que era un hombre muy liberal. Ella misma decía ‘me pinto a mi misma porque soy lo mejor que conozco’ y además pasaba mucho tiempo sola por su discapacidad, Si bien viajó, el tema de la soledad es algo muy recurrente en sus textos”.
En el sentido de lo autobiográfico, la obra de 1949 que, según se anunció, el año que viene se expondrá en el Malba, captura un momento especial de la vida de Frida. Fue pintada en la época en la que Rivera tuvo una relación amorosa con la estrella de cine María Félix, que llegó a la primera plana de los periódicos de la época. El rostro de Frida, que mira al espectador, se muestra triste, con lágrimas que caen, mientras su cabellera -un elemento de mucho simbolismo en la obra de la pintora- se enreda en su cuello, y parece ahorcarla. La pieza fue realizada para la pareja Florence Arquin y Sam Williams, amigos de ella.
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“Es una obra que además autorretrata y también hay un retrato de Diego, creo que hay dos obras así. Ella tiene un cuerpo de obra muy, muy acotado, 160 en total. Y hay dos de ellas en las que aparece Diego dentro de ella misma, ésta es una”, comentó Costantini.
En vida, Frida vivió a la sombra de Diego Rivera, aunque es justo decir que no fue por decisión del muralista, que siempre apoyó su carrera, sino por la estructura patriarcal del sistema capitalista, algo que en los últimos años también ingresa en crisis a partir de la cuarta ola del feminismo y la recuperación y valoración de muchísimas artistas que el canon historiográfico había ocultado bajo la alfombra en pos de favorecer a los hombres.
Tomemos como ejemplo aquel titular del Detroit News en 1933, cuando la pareja llegó a la ciudad donde él realizaría los murales de la industria de la ciudad. En un artículo se lee: “Esposa de un maestro pintor de murales incursiona alegremente en obras de arte”.
Hasta la compra de Diego y yo era justamente Rivera quien mantenía el récord para la región con Los rivales, una obra de 1932 subastada por Christie’s en USD 9,8 millones en mayo de 2018. De alguna manera, una especie de revancha por aquella infidelidad y su lugar en la historia.
Hoy Kahlo finalmente escapa a su asociación directa con Rivera, quien por su alto perfil y relaciones con el poder en los inicios del siglo pasado se convirtió en una figura que, como el Saturno de la mitología romana, devoraba a sus hijos por temor a ser reemplazado. Bajo sus murales y lienzos quedaron eclipsados otros gigantes de entonces como David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y Juan O’Gorman. Aunque, para ser justos, la figura de la nacida en Coyoacán en 1907, siempre estuvo en el centro de la escena con respecto a enormes pintoras de su tiempo como María Izquierdo y las nacionalizadas Leonora Carrington o Remedios Varo. En un punto, el tándem Rivera-Kahlo o Kahlo-Rivera fue una supernova que atrajo a las otras estrellas de aquella galaxia no muy, muy lejana hacia la oscuridad, por lo menos en lo que a lo popular se refiere (y pasó afectando el valor de las obras).
El resurgimiento del arte latinoamericano
La creación hace dos décadas del Malba, museo referente a nivel mundial del arte de la región, no es un dato menor en ese sentido. La institucionalización de un museo especializado generó la posibilidad de una nueva lectura y posicionamiento de los artistas, que pudieron así ser parte de estudios y análisis que comenzaron a desafiar los pre conceptos o conceptos perniciosos que se realizaban con anterioridad.
“Si nos centramos en una visión del arte latinoamericano desde la modernidad, la lista sería MoMA, MFAH (Museo de Bellas Artes de Houston), Malba. Otros museos tienen obra latinoamericana (Pompidou), pero no de tal excelencia en términos de piezas de arte moderno. TATE y Reina Sofía coleccionan principalmente arte latinoamericano contemporáneo”, dijo la historiadora del arte e investigadora Andrea Giunta, miembro del Comité Científico Artístico del Malba, con respecto a la importancia del espacio en la escena global.
En ese sentido, hace dos décadas el MFAH nombró a la curadora Mari Carmen Ramírez con la tarea específica de desplegar un programa de arte latinoamericano y el MoMA también, por la iniciativa de Patricia Phelps de Cisneros, financió el puesto de una curaduría latinoamericana y reavivó el programa de adquisiciones, por nombrar algunos casos.